Ayer mi Halloween no tuvo disfraces, ni películas de terror. Tuvo algo mucho más real: miedo, incertidumbre y una ciudadanía pendiente de una posible amenaza de disturbios en la provincia de Santa Cruz de Tenerife.
La convocatoria atribuida a la red de cuentas conocida como Blocus, que anunciaba posibles actos vandálicos, consiguió algo que pocas cosas consiguen: alterar la vida cotidiana de muchas personas antes incluso de que ocurriera nada.
Muchos comercios decidieron cerrar sus puertas. No por falta de clientes, no porque fuera festivo, sino por miedo. Miedo a que rompieran sus escaparates, a sufrir daños materiales y a encontrarse en medio de unos disturbios que nadie podía garantizar que no se produjeran.
Y ahí empieza mi reflexión.
Cuando la alarma paraliza a la ciudadanía
Ayer pasé prácticamente todo el día en la calle, de un lado para otro, paseando y observando.
No podía quedarme tranquilamente en casa. Sabía que personas de mi entorno estaban trabajando en comercios y no podía dejar de pensar en lo que podría sucederles.
También me preocupaba la seguridad de quienes estaban trabajando, especialmente teniendo en cuenta las dudas que me genera el funcionamiento de la seguridad privada en situaciones de este tipo.
Al final del día me sentí ridícula. Me pregunté: ¿qué hacía yo tantas horas en la calle? ¿Qué estaba esperando? ¿Qué podía hacer realmente?
Pero no era ridículo tener miedo. Era la consecuencia de una situación de incertidumbre que había terminado afectando también a quienes no tenían absolutamente nada que ver con aquella convocatoria.
¿Cuándo se protege y cuándo se genera alarma?
Hay algo que me cuesta entender.
Cuando se producen situaciones graves de violencia o alteraciones del orden público en otros lugares, como Barcelona o Ceuta, muchas veces la ciudadanía se pregunta si las autoridades han actuado con la rapidez y contundencia necesarias.
Sin embargo, ante una amenaza potencial en Canarias, la sensación que queda es que la alarma puede extenderse rápidamente y terminar condicionando la actividad de toda una jornada.
¿Dónde está el equilibrio entre informar, prevenir y no generar alarma social innecesaria?
Las amenazas deben investigarse. Las convocatorias que incitan al vandalismo deben vigilarse y, si corresponde, perseguirse. La prevención policial es necesaria.
Pero también hay que medir las consecuencias de cómo se comunica una amenaza y cómo se gestiona.
Porque cuando el miedo hace que los comercios bajen sus persianas, los trabajadores teman acudir a sus puestos y los ciudadanos pasen el día pendientes de lo que pueda suceder, el daño ya ha comenzado, aunque finalmente no se produzcan disturbios.
El miedo también tiene consecuencias económicas
Detrás de cada comercio que cerró ayer hay autónomos, trabajadores, familias y pequeños negocios que necesitan vender para mantenerse abiertos.
¿Quién compensa las pérdidas de una jornada en la que no pudieron trabajar con normalidad por miedo a posibles actos vandálicos?
¿Quién asume las consecuencias de una alarma que termina paralizando la actividad económica?
No podemos olvidar que la seguridad también consiste en garantizar que la gente pueda trabajar, abrir sus negocios y circular con tranquilidad.
Mi Halloween particular
Ayer no vi monstruos, pero sí comprobé hasta qué punto una amenaza puede cambiar el comportamiento de toda una ciudadanía.
Terminé el día con una sensación extraña: alivio porque no hubiera ocurrido nada grave, pero también enfado por haber vivido tantas horas pendiente de algo que finalmente no sucedió.
No estoy cuestionando que se investiguen las amenazas ni que se adopten medidas preventivas. Estoy cuestionando cómo se gestiona la información, cómo se transmite la seguridad y qué consecuencias tiene para la población.
La prevención debe proteger, no paralizar. La información debe tranquilizar con hechos, no alimentar el miedo.
Porque una cosa es alertar a la ciudadanía ante un peligro real y otra muy distinta es conseguir que una provincia entera pase el día con el corazón encogido.
Ayer, para muchos comercios, Halloween no fue una fiesta. Fue una jornada de persianas bajadas y ventas perdidas.
Y para quienes teníamos a nuestros familiares trabajando detrás de esos escaparates, fue un día de auténtico miedo.
¿Vivisteis ayer esta situación?. ¿Creéis que se gestionó correctamente?. Os leo en los comentarios.

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