Vivo en un lugar donde, demasiadas veces, las cosas funcionan a golpe de mangas, enchufes, amiguismo y puestos a dedo. Donde, en ocasiones, las subvenciones y las ayudas no parecen llegar a quienes realmente las necesitan, sino a los amiguitos de los amigos. Donde la libre opinión molesta, incomoda y puede convertirse en un obstáculo para salir adelante.
Aquí parece que hay que agachar las orejitas, aguantar lo que nos echen y conformarse con las migajas que el político de turno quiera dejarnos para poder seguir comiendo.
Afortunadamente, dentro de mis limitaciones, tengo capacidad, formación y conocimientos suficientes para observar, analizar y entender muchas de las cosas que ocurren a mi alrededor. Y, sobre todo, tengo criterio propio. Algo que, por lo visto, no siempre resulta conveniente.
En estos días, con toda mi buena voluntad, me he ofrecido por iniciativa propia a realizar un trabajo publicitario para una señora que regenta un negocio. Lo he hecho de forma completamente gratuita, altruista y sin esperar absolutamente nada a cambio. Nadie me lo ha pedido ni existía compromiso alguno: ha sido una iniciativa personal, porque tengo la formación, los conocimientos y la capacidad necesarios para hacerlo. La señora aceptó mi ofrecimiento y me puse manos a la obra.
Mi manera de trabajar es sencilla: antes de publicar cualquier contenido, lo envío para que lo revisen. Si les gusta, se publica. Si no les gusta, no se publica. Así de fácil.
Sin embargo, después de realizar el trabajo y recibir su aprobación, me han pedido que retire la publicación. ¿El motivo? Al parecer, mi presencia, mis opiniones políticas y lo que escribo en otros espacios pueden perjudicar la imagen del negocio.
Dicho de otra manera: mi trabajo puede gustar, pero yo, como persona, parece que no convengo.
Lo acepto. La publicidad está retirada y asunto terminado.
Pero ya que hablamos de malas influencias, permítanme plantear una cuestión.
Todos conocemos la amenaza de disturbios que hemos recibido en relación con el grupo Blocus. Una situación que ha generado preocupación entre comerciantes y ciudadanos. Si tanto preocupa la imagen de un negocio y quién aparece vinculado a él, quizá también habría que preocuparse por algo bastante más importante: la seguridad del propio establecimiento.
¿Está el lugar donde tiene ubicado su negocio dotado de las medidas de seguridad necesarias para hacer frente a posibles incidentes de esta naturaleza?
Reflexione sobre ello. Hágaselo mirar y tome las mismas medidas que ha tomado con mi publicidad.
Porque a las llamadas malas influencias, si no nos gustan, podemos ignorarlas. Pero las deficiencias de seguridad no desaparecen mirando hacia otro lado. Pueden tener consecuencias materiales y personales muy graves, incluso irreversibles.
Mientras tanto, hay profesionales de la seguridad debidamente formados que engrosan las listas del paro. Personas que podrían estar trabajando y contribuyendo a prevenir situaciones de riesgo.
Pero esta tierra tiene una particularidad que conocemos demasiado bien: muchas veces parece que no se actúa hasta que ocurre una desgracia.
Y eso es precisamente lo que me preocupa. Me preocupa la seguridad de los míos, me preocupa lo que pueda suceder y me produce una enorme impotencia sentir que, por mucho que una persona vea venir determinados problemas, no siempre tiene capacidad para hacer nada al respecto.
Hay algo más que no quiero dejar sin decir.
Aquí todos nos conocemos. Conozco sus orígenes y me duele especialmente que una persona como usted haya podido hacerme sentir humillada de esta manera.
No me molesta que no quiera mi publicidad. Está en su perfecto derecho de decidir qué imagen quiere proyectar para su negocio. Lo que me molesta es el trato recibido y la impresión de que mi opinión, mi presencia o mis ideas políticas me convierten en alguien de quien conviene mantenerse alejado.
Y también me molesta la falta de valentía para decirme las cosas personalmente. Si tenía algo que comunicarme, podía haberlo hecho directamente, sin recurrir a terceras personas.
No necesito gustarle a todo el mundo. Tampoco necesito la aprobación de nadie para pensar, escribir o expresar lo que considero oportuno.
Mi trabajo podrá gustar más o menos, mis opiniones podrán compartirse o cuestionarse, pero mi dignidad no se regala.
Y si tener criterio propio, formación, iniciativa y libertad para expresar lo que pienso me convierte en una persona incómoda, asumiré las consecuencias.
Porque prefiero seguir siendo quien soy, aunque eso me cierre algunas puertas, antes que tener que renunciar a mi pensamiento para conseguir que alguien me abra una.
«Espero que tenga usted la suficiente capacidad y los conocimientos necesarios para leer este texto hasta el final y, sobre todo, para comprender lo que ha leído».
Sin más. Que le vaya bonito.

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