Mi padre salió de casa para un simple cambio de sonda y nunca volvió

 


 Mi padre tenía 90 años. Como muchas personas de su edad, convivía con diversas patologías y necesitaba cambios periódicos de sonda. Era un procedimiento rutinario. En ocasiones se le realizaba en casa y, cuando no era posible, una ambulancia lo trasladaba al hospital para efectuar el cambio y regresaba a su domicilio ese mismo día.

Esta vez fue diferente.

Una ambulancia acudió a recogerlo, pero el traslado se convirtió en una auténtica pesadilla. Mi padre no fue tratado con el cuidado y la delicadeza que requiere una persona de 90 años, frágil y dependiente. Durante la asistencia sufrió una fractura de húmero izquierdo y fue necesaria la intervención de una segunda ambulancia.

Una de sus hijas escuchó sus gritos de dolor a través del teléfono. Alarmada por la situación, acudió de inmediato y paralizó el traslado. Mi padre no quería continuar en aquellas condiciones y, además, ningún paciente puede ser obligado a ser trasladado contra su voluntad. Tras conseguir tranquilizarlo y aliviar en parte su sufrimiento, finalmente fue trasladado en una tercera ambulancia.

Llegó al hospital en una situación mucho más grave de la que tenía al salir de su casa. Además de sus patologías previas, presentaba hematuria postraumática al haber perdido la sonda durante el incidente y haber sido trasladado sin ella, desplazamiento y fractura de húmero izquierdo, lesión del nervio radial, hipertensión arterial, insuficiencia cardíaca y otras complicaciones.

Mi padre ha fallecido.

Y no, no ha fallecido simplemente porque tuviera 90 años o porque padeciera enfermedades previas. Ha fallecido después de sufrir unos hechos que, a juicio de esta familia, constituyen una gravísima negligencia y que nunca debieron producirse en un traslado sanitario que debía ser un procedimiento sencillo y rutinario.

Las personas mayores son especialmente vulnerables. Merecen ser atendidas, movilizadas y trasladadas con profesionalidad, humanidad y respeto. Cuando esos cuidados fallan, las consecuencias pueden ser irreparables.

La responsabilidad de lo sucedido deberá determinarse donde corresponda y por quienes tengan que investigarlo. Pero sí me resulta inevitable reflexionar sobre las recientes declaraciones del Partido Socialista de La Palma en las que se reclama un futuro contrato de ambulancias que tenga en cuenta las singularidades de La Palma, el envejecimiento de la población y la necesidad de reforzar el transporte sanitario terrestre.

Porque mi padre era precisamente una de esas personas mayores y vulnerables de las que ahora se habla.

Si hoy se reconoce la necesidad de mejorar la planificación, aumentar los recursos, garantizar la calidad del servicio y prestar una atención específica a las personas más frágiles, es porque esas carencias existen. Y cuando las carencias existen en un servicio tan esencial como el transporte sanitario, las consecuencias pueden ser devastadoras.

No deseo que las carencias del transporte sanitario en La Palma se conviertan en un debate partidista ni en un arma arrojadiza entre formaciones políticas.

Lo que deseo es algo mucho más sencillo y mucho más importante: que se reconozcan los problemas existentes, que se investigue lo sucedido y que se aporten soluciones reales. Que las administraciones, los profesionales, los representantes de los trabajadores y los responsables políticos sean capaces de trabajar juntos para mejorar un servicio esencial del que, en algún momento de nuestras vidas, todos podemos depender.

Mi padre salió de casa para un simple cambio de sonda y nunca volvió.

Su historia merece ser contada. Merece ser investigada. Y, sobre todo, merece servir para que ninguna otra familia tenga que vivir un dolor semejante y para que ninguna otra persona mayor vea comprometida su vida por algo que jamás debió ocurrir.


Vera Piedra, una voz libre desde La Palma

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