No es orientación, es poder

 



El reciente audio atribuido a Bernardo Álvarez Afonso no solo ha generado indignación. Ha puesto sobre la mesa algo aún más preocupante: la persistencia de discursos que desvían el foco del problema real.

Porque cuando se intenta vincular la pederastia con la homosexualidad, lo que se está haciendo no es explicar, sino confundir.

Y esa confusión tiene consecuencias.

Durante demasiado tiempo, se ha insinuado —de forma más o menos explícita— que existe una relación entre orientación sexual y abuso a menores. No la hay. La pederastia no tiene que ver con si una persona es heterosexual u homosexual. Tiene que ver con algo mucho más grave: la vulneración de un menor por parte de un adulto.

Reducirlo a una cuestión de orientación es, en el mejor de los casos, un error. En el peor, una forma de encubrir responsabilidades.

La Iglesia católica, como cualquier otra institución, está formada por personas. Y entre ellas hay diversidad. También en la orientación sexual. Pero esa realidad, lejos de ser el problema, ha sido utilizada en ocasiones como cortina de humo.

Porque el verdadero eje de este tipo de abusos no es la orientación. Es el poder.

  • Poder sobre la conciencia.
  • Poder sobre la confianza.
  • Poder sobre la vulnerabilidad.


Un menor no está en igualdad de condiciones. Nunca. Y menos aún cuando quien tiene delante no es solo un adulto, sino una figura revestida de autoridad moral, espiritual y social.

Por eso, introducir matices donde debería haber una condena absoluta no es inocente. Es peligroso.

En lugares como Tazacorte, se ha llegado a deslizar la idea de una supuesta “precocidad” en las relaciones entre menores. Incluso si esa percepción existiera, no cambia nada esencial.

  • Precocidad no es consentimiento.
  • Y mucho menos frente a un adulto.
  • Y en ningún caso frente a un sacerdote.

Confundir estos planos no solo es irresponsable. Es una forma de desprotección.

Porque cuando se normalizan ciertos discursos, lo que se debilita no es el debate: es la capacidad de las víctimas para ser escuchadas.

Aquí es donde aparece otra verdad incómoda: la carencia institucional.

Durante años, han faltado mecanismos eficaces de protección a la infancia y la adolescencia. Protocolos claros. Canales seguros de denuncia. Educación afectivo-sexual suficiente. Y, en demasiadas ocasiones, ha sobrado algo: el instinto de proteger la institución por encima de las personas.

Ese es el caldo de cultivo donde crecen los abusos. No la orientación sexual de nadie.

  • El problema nunca fue quién deseaba a quién en abstracto.
  • El problema es quién pudo hacerlo… y no encontró freno.

Porque al final, la pregunta no es por qué ocurre.
  • La pregunta es por qué se ha permitido.


Vera Piedra, una voz libre desde La Palma

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