La niña que quiso alcanzar el arcoíris

 


Crecí durante la dictadura de Francisco Franco.

En el colegio separaban a niños y niñas. No era solo cuestión de filas. Era cuestión de destino. Ellos aprendían a usar herramientas. Martillos, maderas, clavos. Yo miraba desde lejos, con una mezcla de curiosidad y deseo. Quería acercarme. Quería probar.

La respuesta era siempre la misma:

—Eso no es para niñas.

—Marimacha.

Yo no quería ser un macho. Estaba —y estoy— contenta de ser mujer. Lo que no entendía era por qué ser mujer significaba tener menos mundo.

Llegaba a casa sucia de jugar con mi hermano, con barro en las rodillas y en las manos. Mi madre decía:
—Pareces un "jodío" macho.

Lo parecía. Pero no lo era. El mensaje era claro: había una forma correcta de ser niña, y yo me salía de ella.

Un día mi padre nos contó algo que parecía un cuento. Después de la lluvia, cuando salía el arcoíris, quien lograra llegar hasta él y orinar debajo cambiaría de sexo. El niño se transformaría en niña y la niña en niño.
Mi hermano y yo organizamos expediciones. Caminábamos como exploradores, intentando alcanzar el arcoíris antes de que desapareciera. Yo no quería dejar de ser mujer. Quería dejar de tener límites. Pensaba que, si lo lograba, nadie volvería a decirme “eso no es para ti”.
Nunca llegamos.
Corríamos y el arcoíris siempre se alejaba. Siempre estaba más lejos de lo que parecía. Recuerdo la sensación en el pecho: una mezcla de frustración y algo que empezaba a parecer resignación. Sin saberlo, aprendí una lección silenciosa:

Para tener las mismas posibilidades, parecía que tenía que convertirme en otra cosa.

Esa sensación no se olvida.

No estoy hablando de identidad de género ni de los debates actuales. Estoy hablando de los límites que se imponían a las niñas.

Hoy vivimos en democracia. Y celebro que existan distintas ideas políticas. No escribo contra nadie. Pero cuando escucho que a las mujeres “nos corresponde” un papel determinado, no escucho solo una opinión. Escucho el eco de aquella niña que creyó que, para ser libre, tenía que transformarse.

Nunca quise ser otra cosa. Quería que ser mujer no fuera un límite.

Escribo para que ninguna niña crea que necesita transformarse para ser libre.


Vera::Piedra

Una voz libre desde La Palma

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