No era el carrito: era el desprecio. Cuando la precariedad de cruza con el machismo importado de Venezuela

 


Cuando la precariedad se cruza con el machismo

Trabajé para el ayuntamiento en uno de esos contratos temporales que ya conocemos bien: cortos, inestables y, en mi caso, profundamente precarios. El trabajo de limpieza viaria se hacía sin medios adecuados. No había carritos de limpieza. Nos daban una bolsa de basura grande, un cepillo y un recogedor, y con eso teníamos que apañarnos para barrer las calles. Literalmente, cargando las bolsas a hombro.

Por mis problemas lumbares, aquello no era sostenible. Así que hice lo que tantas veces hacemos las mujeres en trabajos feminizados y poco valorados: buscar soluciones por nuestra cuenta. Me fabriqué mi propio carrito de limpieza para no destrozarme la espalda. La idea funcionó y se extendió; otras compañeras hicieron lo mismo. Nadie protestó. Nadie cuestionó nada. Hasta ahí, todo bien.

Entré de nuevo a trabajar el 16 de septiembre de 2021. Tres días después, el 19 de septiembre, el volcán entró en erupción. Me tocó vivir y trabajar toda la erupción, de principio a fin. Fueron meses durísimos. Al estrés emocional se sumó el físico: jornadas interminables, ceniza por todas partes, herramientas inadecuadas. No solo me fabriqué un carrito; también tuve que tunear una pala de jardinería porque las que proporcionaba el ayuntamiento pesaban demasiado para mí.

Cuando la erupción terminó, el cuerpo y la cabeza dijeron basta. El estrés acumulado fue tal que tuve que coger una baja médica de dos meses.

Al reincorporarme, el escenario había cambiado. Habían contratado nuevo personal de convenio para limpieza. En su mayoría, venezolanos y venezolanas. Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Mi carrito de limpieza —el que yo había diseñado y fabricado— se lo habían dado a dos jóvenes venezolanos.

Un sábado, me acerqué con tranquilidad y le dije a uno de ellos que ese carrito era mío, que lo había hecho yo, y que cada persona se fabricaba el suyo. Intenté explicarlo con respeto, sin conflicto. Ellos hablaron entre sí, y uno le dijo al otro, textualmente:

“A mí una mujer no me dice que el carrito es suyo.”

Y no me lo devolvieron.

No hubo gritos. No hubo insultos. No hubo escándalo. Solo una frase seca, cargada de desprecio y de machismo, que anuló cualquier diálogo posible. Yo no pude hacer nada. No tenía poder. No tenía respaldo. Así que hice lo único que me dejaron hacer: fabricarme otro carrito.

Eso sí, cuando mi contrato terminó —de una forma que considero tremendamente injusta— me llevé mis dos carritos. No los iba a dejar allí. Eran míos. Los había hecho yo, con mis manos, por necesidad, por salud y por dignidad.

No cuento esta experiencia para señalar a todo un colectivo. Sé que no todas las personas piensan igual. Pero tampoco voy a callar una realidad que existe: el machismo también viaja, también se instala, y cuando se cruza con la precariedad laboral y con la falta de protección institucional, se vuelve especialmente violento, aunque no levante la voz.

A veces no hace falta un golpe para que te quiten algo. Basta con una frase. Basta con que alguien crea que, por ser mujer, no tienes derecho ni siquiera a reclamar lo que es tuyo.


REFLEXIÓN FINAL

Entiendo el exilio venezolano. Entiendo el miedo, la huida y la necesidad de buscar un lugar seguro lejos de un país sometido al régimen de Maduro. Entiendo el dolor que hay detrás de muchas migraciones.

Pero comprender ese sufrimiento no implica aceptar conductas machistas.

Lo ocurrido no fue un malentendido ni una diferencia cultural, sino una forma de ejercer poder: la idea de que, por ser mujer, mi palabra no bastaba para reclamar algo que yo misma había fabricado con mis manos.

La precariedad laboral, el exilio o la necesidad no justifican apropiarse del trabajo ajeno ni negar la voz a una mujer.

La libertad que se busca en Canarias debería construirse desde el respeto mutuo, no desde el silenciamiento de quienes ya estaban aquí trabajando y sosteniendo lo común.


Nota del blog: 

Esto es mi espacio para contar experiencias y reflexiones personales. Aquí no se insultará ni se atacará a nadie; los comentarios deben centrarse en el contenido y en el diálogo respetuoso. Quien reaccione con insultos solo se delata a sí mismo. Gracias por leer con atención y respeto.





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